Quica Valls




Tarde de dorados movidos por la brisa, verdes, marrones, algún toque violeta, rojo de la humilde y frágil amapola, tierra blanda, paredes de roca blanca inmensa y majestuosa, agujero de negro misterio donde acaban las hormigas gigantes con su pesada carga en perfecto paralelismo con otra línea de insectos presurosos a la búsqueda de restos de vida ; abajo, la hondonada adornada de toques azulados, mares amarillos de espigas que se mecen, blancos de las casas de cal y rojos de tejados consistentes, una torre de iglesia con un reloj doblado en una esquina desafía la redondez visual del tiempo. Arriba el cielo, vigilante, salpicado por nubes que juegan a cambiar de forma y el sol abrasador intentando imponer su tiranía. Aún huele a campo a limpio.Esta noche hay luna llena.













