


La sal y el silencio absoluto, sobrecogedor, en el torpe camino trazado de Chott el Jerid, se mezclaban con dosis de amor, aventura, curiosidad y el deseo de descubrimiento de lo inabarcable. Más vulnerables, en el viejo autobús de asientos desgastados, silencio.
La nada aparente, el vacío. El corazón encogido por la sensación de pequeñez y soledad en un lugar casi perdido.